Había estado caminando sobre vestigios de otoño, algunas ramas y sereno tranquilo; la vereda era la misma, la acera y las raíces de algunos árboles de nombre desconocido; era hermoso, tranquilo y apacible; era eternamente perfecto. Era. Sin percibir algo distinto a la calma natural de lo que tras sus ojos sentía, omitió la realidad. Las hojas secas mezcladas con la tierra hacia tanto tiempo que no se alcanzaba a ver el pavimento; el paisaje de naturaleza lúgubre y el sonido vacuo de la nada a su alrededor; la realidad que su presente anulo mientras en círculos se seguían moviendo sus pasos. A voluntad de algún reflejo, sus manos dejaron caer la confianza ciega que sin razón alguna, había decidido sostener y con la delicadeza que ese elegante instrumento exige se posaron sobre su abdomen a detallar entre suspiros, entre sorpresa y entre gruesas gotas escarlata, la hoja de plata que le atravesó.
estoy tan llena de odio que si me muerdo yo misma, podría morir envenenada.
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